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A las madres de la ciudad del control les dijeron que sus hijas tenían que comer a cierta hora, cierta cantidad y ciertos productos, para poder crecer sanas y fuertes. Ellas no dudaron de tal afirmación pues los programas que tenía instalados desde pequeñas las obligaban a creer ciegamente en una supuesta buena voluntad de las fingidas autoridades. Con manipulación, propaganda, dogmatización y miedo, las mujeres de la ciudad del control habían cedido su poder innato de cuidar y proteger de sus hijas y de la comunidad. Las madres sabían en su corazón y en todo su cuerpo diseñado para alimentar a sus crías, que las niñas comen cuando tienen hambre. Pero en este lugar artificial, las ciudadanas se habían creído la mentira de que la mente programada debía priorizar aún delante de sus claros y poderosos sentimientos y así reaccionaban según un plan establecido bastante mal camuflado.

La ciudad del control había inventado tradiciones con la vaga excusa de «se ha hecho así toda la vida» u otras más sofisticadas y casi imperceptibles como: «es lo mejor para todos». Estas tradiciones era seguidas por las gentes que no se había parado a pensar y sentir por si mismas, presas de una culpa descorazonadora.

Horarios de ingesta, cantidades, productos, todo perfectamente diseñado para retirar el poder y seguir sumando adeptos al sistema. Aún así, las hijas de las madres no comían tanto como les decían que tenían que comer, por eso las corporaciones decidieron ponerse a encontrar maneras de engañar a sus hijas para que comieran aún sin tener hambre, aún sin gustarles los productos y a la hora que tocaba.

Decidieron hacer un concurso, ya que en la ciudad del control les encanta que alguien gane y alguien pierda pues la competencia es uno de sus valores principales heredados de sus antepasados que descubrieron el «divide y vencerás». Después de mucho cavilar, tres madres quedan finalistas del perverso concurso: una madre, la que gana el tercer premio, demuestra que contando un cuento a su hija, se come la mitad del plato. La segunda posición es para otra madre que le hace el avión con el tenedor a su pequeña y esta se come tres cuartas partes de la comida. La ganadora demuestra que su hija se ha comido todo lo que había en el plato y cuando le preguntan cómo lo ha hecho, responde: – ¡muy fácil!, le he dicho a mi hija: si no te lo comes todo, mamá se va a morir…

Así se crece en la ciudad del control: aprendiendo a no seguir los instintos por miedo a consecuencias inventadas crueles y falsas para condicionar las acciones más puras. Se hace así desde la infancia, ya que en la adultez nadie se puede creer semejante sinsentido. Ocurre con muchas cosas, no solo con la comida, también con los estudios, las formas de vida, los diferentes gustos, etc.

La tradición de la culpa que en realidad se parece más a una maldición, mantiene a mucha gente calladita, obediente, sumisa, temerosa, dependiente y reprimida. El miedo al que pasará o al que dirán se apodera de la inteligencia y la creatividad. Esta es la razón por la que las semillas de la felicidad, de la expresión y del poder se quedan sin brotar. Se repiten los patrones.

Quizá es momento de recordar (re: volver, cordis: corazón) que cada ser quiere recuperar el equilibrio soltando las cargas que no son suyas. Ser individua significa ser indivisible, por tanto es en la individualidad donde podremos ser una con todo, donde caminaremos juntas, libres y cooperando. Hace falta encontrar el antídoto a la tradición de la culpa, ese antídoto es la verdad: Cada una es responsable de sus propias acciones y las consecuencias son hechos, no ideas. La experiencia es la que nos da verdad del mundo con el que desaparece la culpa y puedes decir: «no mamá, si te mueres no tiene nada que ver con que yo coma o sea o haga o diga, solo tiene que ver contigo y con las decisiones que tú tomes en tu vida que yo respetaré así como respeto las mías.»

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